Marianela Santamar铆a Ram铆rez聽
Universidad Internacional de La Rioja (UNIR)聽
Aunque ya hac铆a muchos a帽os que mi madre hab铆a fallecido, cada vez que ve铆a aquel v铆deo ten铆a la sensaci贸n de que me estaba mirando. Acompa帽ada de mi hermano mayor y un burro, se la hab铆a filmado para el documental Aquella M谩laga, Aquella Provincia all谩 en los a帽os setenta. Las palabras que se usaron para describirla en esos cinco segundos de presencia medi谩tica fueron: 芦La mujer laboriosa ya ha realizado las primeras tareas del hogar y se dispone al transporte diario del agua de la fuente禄, algo que sonaba m谩s a sentencia que a descripci贸n.
Mar铆a, mi madre, viv铆a en una casa blanca de paredes encaladas y tejados de color marr贸n que guardaban la frescura en verano y el fr铆o en invierno. Ten铆a un patio de tierra apisonada en el que crec铆an hierbas rebeldes que conviv铆an con las macetas de geranios y donde tend铆a la ropa entre barre帽os y botijos de agua. Las estancias eran austeras, con suelos de cemento y muebles dispares, iluminadas apenas por el resplandor de un candil o una vela. La salita ten铆a una mesa camilla con largas enaguas que cubr铆an el brasero. Y, desde la azotea, se pod铆a ver c贸mo se extend铆an los campos de olivos retorcidos por el viento y almendros que cada primavera blanqueaban el paisaje.鈥�
Ya hab铆a acostado a sus dos hijos cuando se dispuso a coser a media luz. Por la noche disfrutaba de la quietud de la casa de la misma manera que le asustaba, sobre todo porque hab铆a una ventana sin cristal apenas cubierta por una cortina. A帽os despu茅s, cuando me contaba esta historia, siempre me dec铆a que intentaba no pensar demasiado en lo peligroso que era, pero que a menudo el miedo le causaba desvelo.
Esa noche, a la luz de una vela y junto a la ventana sin vidrio, descubri贸 c贸mo coser era algo m谩s que trabajar la tela. Se hab铆a convertido en una forma de encontrar sentido a los d铆as. Cada puntada zurc铆a el desorden de sus pensamientos. La costura se le revelaba como una manera de entretejer un di谩logo con sus recuerdos mientras percib铆a la aspereza del hilo desliz谩ndose entre sus dedos. En ocasiones, al escuchar el chasquido sutil de las tijeras o el roce del dedal sobre el retal, evocaba las historias que, de peque帽a, le hab铆an contado sobre su abuelo, a quien hab铆an fusilado en la Guerra Civil por el contenido de sus coplas de carnaval, llenas de palabras disfrazadas. Dej贸 atr谩s siete hijas y una esposa desconsolada, quien al poco tiempo tambi茅n morir铆a. Las coplas, las cartas, las fotograf铆as e incluso los silencios se cos铆an con un hilo de imaginaci贸n que remendaba los agujeros de todo aquello que no sab铆a porque no lo hab铆a vivido.
Mi abuela y mis t铆as sol铆an decir que si la guerra hab铆a sido mala, lo que vino despu茅s fue peor; en sus voces siempre hab铆a un temblor de memoria que arrastraba el peso de aquellos a帽os. Mar铆a hab铆a sido la 煤nica superviviente de un parto sietemesino gemelar en plena posguerra. Su nacimiento se produjo en una 茅poca marcada por la carencia y la fragilidad, donde las probabilidades estaban en contra de cualquier reci茅n nacido prematuro, m谩s a煤n si no ven铆a solo. Su vida fue, desde el primer instante, una batalla por abrirse paso. Naci贸 con tal d茅ficit de calcio que no camin贸 hasta los dos a帽os y, de ni帽a, siempre tuvo esa mirada envejecida de los ni帽os que parec铆an adultos en miniatura, sobre todo en las fotos en blanco y negro. Creci贸 cantando en voz baja las coplas de su abuelo comparsista. Se lloraba m谩s el vac铆o de la silla que el del plato porque la escasez, en realidad, era solo la costra de una herida m谩s profunda: la ausencia de los seres queridos, el tab煤 que durante a帽os hab铆a prohibido siquiera nombrarlos y la dignidad doblada en las esquinas cuando alguien ped铆a sin apenas levantar la vista.鈥�
As铆, entre pespuntes, pasaba las noches. La ventaja de tener una ventana sin cristal era que, al caer la oscuridad, el aire se colaba en la habitaci贸n trayendo consigo el aroma fresco del jazm铆n que tanto le gustaba. Esa noche, sin embargo, el aire tra铆a algo m谩s: un mensaje que no lograba descifrar. Comenz贸 rozando los aleros y col谩ndose por el hueco de la ventana con una prisa cada vez mayor. Le arrebataba los hilos, agitaba las cortinas y quer铆a deshacer, una a una, las puntadas de su labor. En ese soplo hab铆a un nervio el茅ctrico que anunciaba algo inevitable. Mi madre siempre se deten铆a aqu铆 cuando me lo contaba; dec铆a que en ese momento sinti贸 que no estaba sola.
Despu茅s, la tormenta se desat贸 sin piedad. Un rel谩mpago rasg贸 el cielo como una costura mal cerrada y un trueno lo sigui贸 con estruendo de tambor. La lluvia cay贸 furiosa, repicando en los tejados, golpeando las paredes, hasta que comenz贸 a deslizarse hacia dentro, filtr谩ndose por las rendijas, atravesando la ventana desnuda y esparci茅ndose por el suelo de la habitaci贸n a gran velocidad. El olor a tierra mojada se mezcl贸 con el sonido del goteo insistente: el agua, venciendo la resistencia de la casa, ya hab铆a entrado.
Mar铆a se qued贸 inm贸vil, observando c贸mo el agua se extend铆a por el suelo, cuando un sonido inesperado comenz贸 a imponerse entre el estr茅pito de la tormenta. Se trataba de un susurro que surg铆a de su propia memoria. Eran las coplas que su madre sol铆a cantarle, aquellas heredadas del abuelo al que nunca hab铆a conocido, versos sencillos que hablaban de resistir, de apretar los dientes y seguir aun cuando todo parec铆a perdido. De hecho, crey贸 ver durante unos segundos la sombra de un hombre apoyado en el marco de la puerta, el ala del sombrero proyectando una oscuridad que hac铆a imposible identificarlo y que r谩pidamente se desvaneci贸.
A medida que el agua sub铆a, esas estrofas cobraban m谩s fuerza. 芦Aguanta, que amaina禄, escuchaba en su interior, 芦camina禄. Cada palabra armonizaba con el ritmo de la lluvia que, lejos de hundirla en la desesperaci贸n, le ofrec铆a protecci贸n. Sinti贸 que el miedo se transformaba en energ铆a, que la debilidad de su cuerpo encontraba fuerza en el recuerdo transmitido en forma de canto.
El agua ya tocaba las patas de las sillas y comenzaba a mojar los pies de sus hijos, que hab铆an corrido en su b煤squeda asustados. Fue entonces cuando se incorpor贸 de golpe. Sin pensarlo, los tom贸 de la mano y los arrim贸 a la puerta, apartando con el hombro la resistencia del viento. El aire fr铆o le azot贸 el rostro, pero ella ya no vacilaba: las coplas sonaban en su interior con m谩s claridad que nunca. Las voces de su abuelo, de su madre y de sus t铆as estaban all铆, empuj谩ndola tambi茅n.
Avanz贸 con ellos por el pasillo en penumbras, sintiendo el agua arrastrarse detr谩s de sus tobillos. Cada paso era m谩s dif铆cil que el anterior, pero los versos eran su fuerza, la cadencia que necesitaba para moverse sin mirar atr谩s. El cemento fr铆o bajo sus pies se volvi贸 casi un recordatorio de lo que estaba en juego: necesitaba poner un pie delante del otro hasta alcanzar la salida.
Cuando por fin consigui贸 abrir la puerta de la calle, un torrente de aire empapado los envolvi贸 y sus hijos se aferraron a煤n m谩s a ella. Los sostuvo con firmeza, protegi茅ndolos del tel贸n de lluvia que les estaba cayendo encima. En su mente, las coplas no callaban; eran el latido que palpitaba con fuerza en su pecho. Y mientras los conduc铆a hacia un lugar seguro, comprendi贸 que, al heredar aquellas coplas carnavalescas, hab铆a heredado tambi茅n la responsabilidad de convertirlas en acci贸n. Aquellas mismas voces, que entonces guiaron a mi madre y protegieron a mis hermanos, se hab铆an convertido en el puente invisible que nos un铆a a todos, incluida yo, que nacer铆a a帽os m谩s tarde y aprender铆a que, adem谩s de ser lo que hemos vivido, somos parte de lo que se nos ha contado.